Cada vez que se publica una encuesta electoral en Colombia se repite el mismo ritual. Quienes aparecen bien posicionados celebran los resultados como una confirmación de su ascenso, mientras que quienes salen mal parados cuestionan la metodología, la ficha técnica o incluso la utilidad misma de las encuestas. El libreto es conocido, se desempolvan ejemplos históricos de sondeos que “fallaron”, se cita la portada de Semana de 2002, “Se escapó Serpa”, o se recuerdan mediciones tempranas que no anticiparon el resultado final. Sin embargo, ese ejercicio defensivo suele ocultar una verdad incómoda, sobre que las encuestas no son bolas de cristal, pero tampoco son inútiles. Son, ante todo, fotografías del momento político.
El error recurrente está en exigirle a una encuesta lo que no puede dar. No predicen el futuro; describen el presente. Su verdadero valor no está en tomarlas como sentencias definitivas, sino en analizarlas con rigor, compararlas entre sí, revisar quiénes se acercaron más a los resultados finales en elecciones pasadas y entender cómo influyen los contextos coyunturales en la opinión pública. En ese marco, no todas las “cámaras” son iguales pues algunas capturan la realidad con mayor precisión que otras.
El peso metodológico y el momento político
En el escenario actual, la encuestadora Atlas Intel ha ganado reconocimiento internacional por la consistencia de sus resultados en distintos países. Su modelo de Random Digital Recruitment ha mostrado una capacidad notable para captar tendencias tempranas y cambios de humor político. Esto no significa que sea infalible, pero sí que merece ser leída con atención, especialmente cuando se trata de una medición realizada en un momento de alta intensidad política.
La encuesta divulgada por Semana, levantada entre el 5 y el 8 de enero, no es una medición cualquiera. Refleja el impacto inmediato de un hecho regional de enorme peso como la captura de Nicolás Maduro, a 142 días de las elecciones presidenciales en Colombia. Ese evento alteró narrativas, reordenó discursos y afectó percepciones sobre liderazgo, firmeza y relaciones internacionales. Leer los resultados sin ese contexto sería perder una parte esencial del análisis.
Abelardo y el fenómeno del outsider temprano
El dato que más llama la atención es el liderazgo de Abelardo, con un 28%. Su ascenso resulta llamativo no solo por el porcentaje, sino por el momento en el que ocurre. A diferencia de fenómenos anteriores, como el de Rodolfo Hernández en 2022, este impulso aparece mucho antes del tramo final de la campaña. Abelardo ha logrado capitalizar dos motores claros, el de la recolección de firmas y un uso intensivo y eficaz de las redes sociales, donde ha construido una narrativa de outsider que conecta con un electorado cansado de las estructuras tradicionales.
Ese posicionamiento temprano, sin embargo, plantea un desafío mayor. La historia electoral muestra que liderar a comienzos de año no garantiza llegar al poder. El verdadero reto para Abelardo no es encabezar la primera vuelta, sino demostrar que puede ampliar su base hasta romper el umbral del 50% en segunda vuelta. En esta encuesta, aparece superando a Iván Cepeda con un 44,2% en ese escenario hipotético, pero aún tiene un camino largo para consolidar apoyos adicionales, reducir resistencias y convertir simpatía digital en votos efectivos.
Iván Cepeda y el núcleo duro del petrismo
Iván Cepeda aparece con un 26,5%, un porcentaje que muchos analistas interpretan como el reflejo del núcleo duro del petrismo. Una vez se despejen las demás opciones del oficialismo y se consolide como candidato único, su techo inicial podría rondar el 30%. Ese piso electoral es significativo, pero no suficiente por sí solo para garantizar la victoria.
El factor diferencial en su caso no es solo el respaldo ideológico, sino el peso del poder estatal. La capacidad de movilización territorial, el uso de estructuras regionales y el impacto indirecto de políticas públicas en contextos electorales; son variables que no siempre quedan reflejadas plenamente en las encuestas. En un escenario de estrechez fiscal y desgaste gubernamental, el oficialismo enfrenta el dilema de cómo traducir el aparato del Estado en respaldo electoral sin generar un costo político adicional. Aun así, el escenario de segunda vuelta para Cepeda parece, por ahora, altamente probable, aunque deberá luchar con la imagen de ser cercano a los grupos narco terroristas.
La Gran Consulta como última carta competitiva
El bloque de la llamada Gran Consulta aparece con un acumulado que oscila entre el 16,6% y el 19%, dependiendo de si se concreta la adhesión de figuras adicionales como Enrique Peñalosa. En política, las sumas no son automáticas, pero la consulta tiene un valor estratégico claro que da visibilidad. Durante al menos dos meses, sus candidatos concentrarán atención mediática, debate público y movilización territorial, justo en paralelo a las elecciones legislativas.
Ese cruce no es menor. Millones de ciudadanos acudirán a las urnas para elegir Congreso, y la presencia de una consulta puede arrastrar votos, posicionar narrativas y fortalecer candidaturas que hoy aparecen rezagadas. Según Atlas, Paloma Valencia lideraría ese proceso y, en un eventual balotaje, superaría a Cepeda. Otros nombres, como Juan Carlos Pinzón, muestran escenarios más ajustados que dependerán de su capacidad para aumentar reconocimiento y afinar su mensaje. Para este bloque, la consulta no es un trámite, pues es la última oportunidad real de disputar el liderazgo opositor frente al fenómeno Abelardo.
El voto indeciso, el verdadero árbitro
El 14% que se declara en blanco o no sabe por quién votar suele ser subestimado en el debate público, pero es allí donde se define buena parte de la elección. Ese segmento no es homogéneo e incluye abstencionistas potenciales, votantes volátiles y ciudadanos que deciden en el tramo final. A medida que avance la campaña, estos electores irán decantándose, influenciados por debates, escándalos, alianzas y el clima económico y de seguridad.
Históricamente, quien logra interpretar mejor las preocupaciones de este grupo y ofrecer una narrativa creíble de gobernabilidad suele inclinar la balanza. En ese sentido, la primera vuelta no se define solo por los punteros actuales, sino por la capacidad de captar ese voto tardío.
Fajardo y el costo de la indecisión estratégica
El caso de Sergio Fajardo ilustra los riesgos de una estrategia errática. Con un 9,4%, permanece estancado en un rango que no logra superar desde hace meses. Su decisión de no participar en la Gran Consulta le restó visibilidad, oxígeno político y capacidad de incidencia. En un contexto donde el péndulo electoral se mueve hacia la derecha, Fajardo optó por buscar votos de centroizquierda, un espacio ya saturado y con menor crecimiento potencial.
La paradoja es evidente, toda vez que tenía opciones reales de disputar y eventualmente ganar una consulta, pero eligió mantenerse al margen. Hoy, mientras otras candidaturas se fortalecen, su figura se desdibuja en un escenario cada vez más polarizado, volviendo sobre su imagen la idea del “tibio”.
Un tablero abierto y en movimiento
El panorama que dibuja esta encuesta está lejos de ser definitivo. Abelardo encontró una fuerza temprana que debe sostener y ampliar; Cepeda apuesta a su base y al peso del oficialismo; la Gran Consulta juega su última carta con la visibilidad que ofrece el tarjetón; y los indecisos siguen siendo el gran botín electoral. Todo ello ocurre en un contexto regional convulso y con una opinión pública altamente sensible a los eventos externos.
La lección central es clara, los datos son los datos y más allá de la retórica, se analizan. Las encuestas no dictan el resultado, pero ofrecen señales valiosas sobre tendencias, riesgos y oportunidades. En una contienda tan dinámica como la que se avecina, ignorarlas o descalificarlas por conveniencia es, en el mejor de los casos, un error estratégico. En el peor, una negación de la realidad política que termina pasando factura en las urnas.



