lunes, enero 12, 2026
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(ANÁLISIS) El mundo en esferas. La geopolítica de los intereses y el cambio del orden mundial

Durante décadas, el debate público sobre los grandes conflictos internacionales se ha apoyado en discursos ideológicos, narrativas morales y choques de valores. Sin embargo, un análisis más frío y estructural revela una constante que atraviesa los principales escenarios de tensión global, toda vez que detrás de cada crisis no hay improvisación ni romanticismo político, sino intereses geopolíticos, económicos y estratégicos de largo plazo. El tablero internacional está siendo reordenado no por declaraciones, sino por control de recursos, rutas, tecnología y zonas de influencia.

Lo que se perfila no es una anomalía pasajera, sino una transformación profunda del sistema internacional. El orden mundial basado en reglas, surgido tras la Segunda Guerra Mundial, muestra signos claros de agotamiento. En su lugar, emerge un mundo de esferas de influencia donde las grandes potencias actúan con lógica de poder, priorizando seguridad, autosuficiencia estratégica y dominio económico.

Venezuela y el retorno de la lógica hemisférica

En América Latina, Venezuela se ha convertido en una pieza central del nuevo ajedrez global. Para Estados Unidos, el interés va mucho más allá de la retórica sobre democracia o derechos humanos. El petróleo venezolano, pesado y especialmente adecuado para las refinerías del Golfo de México, representa un activo estratégico de primer orden. Su reinserción en los flujos energéticos occidentales permite a Washington diversificar suministros, estabilizar precios internos y reducir la dependencia indirecta de crudos provenientes de zonas inestables o de países adversarios.

Además, el control de los flujos energéticos venezolanos tiene un efecto geopolítico adicional, como que debilita la influencia de Rusia, Irán y China en el hemisferio occidental. Durante años, estos actores aprovecharon el aislamiento de Caracas para establecer redes de comercio opaco, financiamiento alternativo y cooperación estratégica. Reordenar ese esquema implica cerrar espacios de maniobra a potencias rivales dentro del área tradicional de influencia estadounidense.

En este contexto, la reactivación explícita de la Doctrina Monroe no es un gesto retórico, sino una señal estratégica. Estados Unidos busca reafirmar que América es su zona de seguridad prioritaria, especialmente en un escenario de competencia global cada vez más abierta.

Groenlandia y el Ártico como frontera del siglo XXI

Otro punto aparentemente periférico, pero clave en la reconfiguración global, es Groenlandia. El interés estadounidense en esta región no responde a un capricho territorial ni a una extravagancia diplomática. Se trata de una apuesta estratégica en el Ártico, una zona que está dejando de ser marginal para convertirse en uno de los ejes centrales del poder global del siglo XXI.

El deshielo progresivo abre nuevas rutas marítimas, reduce tiempos de transporte y aumenta el acceso a recursos naturales hasta ahora inaccesibles. Groenlandia ofrece ventajas críticas en defensa antimisiles, vigilancia espacial, control aéreo y acceso a minerales estratégicos necesarios para tecnologías avanzadas. En un contexto de competencia directa con China y Rusia, asegurar presencia e influencia en el Ártico se traduce en una ventaja estructural de largo plazo.

Taiwán. Tecnología, soberanía y disuasión

En Asia-Pacífico, Taiwán concentra algunas de las tensiones más delicadas del sistema internacional. Para China, la isla no es únicamente un asunto histórico o identitario, sino un elemento central de su arquitectura de seguridad. El control de Taiwán rompería el cerco estratégico que limita la proyección naval china en el Pacífico occidental y consolidaría su estatus como potencia regional dominante.

El factor tecnológico eleva aún más el valor estratégico de la isla. Taiwán alberga alrededor del 90% de la producción mundial de semiconductores avanzados, componentes esenciales para la economía digital, la industria militar y la inteligencia artificial. En un mundo donde la tecnología define la competitividad económica y el poder militar, el control de los chips equivale a una palanca de influencia global.

Para Pekín, la cuestión taiwanesa combina soberanía, seguridad, legitimidad interna y poder tecnológico. No es un conflicto limitado a la economía, sino una pieza clave en su proyecto de largo plazo como potencia global.

Ucrania y la arquitectura de seguridad europea

El conflicto en Ucrania responde a una lógica distinta, pero igualmente estructural. Rusia no busca únicamente recursos naturales, sino preservar su esfera de influencia y evitar que la OTAN consolide su presencia en lo que Moscú considera su frontera estratégica. Ucrania tiene un valor geopolítico central por su posición geográfica, su acceso al mar Negro y su papel como corredor energético y militar.

Más que una guerra convencional por territorio, el conflicto representa una disputa por la arquitectura de seguridad europea. Para Rusia, aceptar una Ucrania plenamente integrada a la OTAN implicaría una alteración profunda del equilibrio estratégico regional. El control parcial del territorio ucraniano se convierte, así, en una garantía de influencia y en una carta de negociación frente a Occidente.

Energía, sanciones y competencia sistémica

China, aunque no es protagonista directo en los conflictos de Venezuela o Ucrania, se ve profundamente afectada por la reconfiguración energética global. Su economía depende de importaciones de petróleo provenientes de múltiples regiones, muchas de ellas bajo sanciones o tensiones geopolíticas. El acceso a crudos con descuento ha sido una ventaja competitiva clave.

Si Estados Unidos logra reordenar los flujos energéticos en América Latina, particularmente en Venezuela, puede encarecer el acceso chino a energía barata y limitar su capacidad de expandir influencia en la región. La competencia no es inmediata ni visible, pero opera en el plano estructural de costos, alianzas y dependencia estratégica.

El fin del orden liberal y el regreso de las esferas de influencia

El patrón que emerge es claro. Cada potencia está asegurando los recursos estratégicos que considera vitales para su supervivencia y proyección futura. Petróleo y control hemisférico para Estados Unidos. Territorio, profundidad estratégica y energía para Rusia. Tecnología, minerales críticos y rutas marítimas para China.

El orden mundial soportado en un liberalismo económico basado en reglas, instituciones multilaterales y consensos compartidos pierde peso frente a una lógica de poder más cruda. Analistas de centros como el Atlantic Council, el Egmont Institute y medios internacionales; coinciden en que el sistema internacional está entrando en una fase de competencia abierta entre grandes potencias, donde la fuerza económica, militar y tecnológica define las reglas y reordena el tablero entre pocos con poder e influencia sobre otros países, incluyendo los emergentes.

Este nuevo orden no se construye a través de tratados idealistas, sino mediante hechos consumados. La geopolítica vuelve a su esencia de control, disuasión y acumulación de ventajas estratégicas.

Un mundo que ya cambió

El año 2026 difícilmente será recordado como uno más en la cronología internacional. Todo indica que será identificado como el punto en el que el mapa del poder global comenzó a redibujarse de forma explícita. No por un solo evento, sino por la convergencia de múltiples procesos que apuntan en la misma dirección.

El mundo que emerge no es necesariamente más estable ni más justo, pero sí más predecible en su lógica, en dinde las grandes potencias aseguran su zona, protegen sus recursos críticos y limitan la expansión de sus rivales. En ese tablero, los discursos importan menos que el control efectivo del territorio, la energía, la tecnología y las rutas estratégicas.

La geopolítica del siglo XXI ya no se anuncia, se ejecuta.

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