Durante más de una década, el régimen venezolano sostuvo una narrativa de fortaleza militar basada en la adquisición de sistemas rusos, chinos e iraníes, presentados como un escudo infranqueable frente a Estados Unidos y sus aliados. Esa narrativa no fue un simple ejercicio retórico, sino que se tradujo en decisiones de gasto, en prioridades estratégicas y en la asignación de miles de millones de dólares provenientes del petróleo.
Hoy, a la luz de los hechos conocidos con la operación y “Resolución Absoluta“ que dio como resultado la captura del líder del régimen venezolano, Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flórez; dan cuenta de una realidad diferente que no resiste los análisis técnicos que se discuten en círculos especializados. Ese relato aparece profundamente erosionado, no por la caída de Maduro o de un arma en particular, sino por la exposición de un modelo que confundió compra de equipos con capacidad real de defensa.
El punto central del debate no es si un sistema específico funcionó o falló en un momento concreto, sino la fragilidad estructural de una doctrina construida más sobre propaganda que sobre integración, entrenamiento y sostenibilidad. En términos militares contemporáneos, el poder no se mide por el catálogo de armas adquiridas, sino por la capacidad de articularlas en un sistema coherente, con personal capacitado, cadenas de mando claras y una comprensión profunda del entorno operacional. Ese es el estándar que parece haber quedado en entredicho.
La narrativa del “escudo impenetrable” y su choque con la guerra moderna
Uno de los símbolos más repetidos del discurso oficial fue el sistema antiaéreo S-300VM, presentado durante años como una barrera capaz de negar el espacio aéreo y disuadir cualquier incursión externa. En la memoria del mundo está la repetidas intervenciones de Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, posando con las sofisticadas armas apuntando al cielo. La inversión fue considerable y el mensaje, enfático, pues Venezuela había adquirido una capacidad de defensa de primer nivel. Sin embargo, el análisis técnico contemporáneo advierte que ningún sistema, por avanzado que sea, opera de manera aislada ni resulta invulnerable en un escenario de guerra electrónica moderna.
Los sistemas antiaéreos dependen de radares activos, enlaces de datos y una coordinación constante con otras plataformas. Esa misma dependencia los convierte en elementos detectables dentro del espectro electromagnético. En conflictos recientes se ha demostrado que, sin una integración robusta y operadores altamente entrenados, estos sistemas pueden convertirse en objetivos identificables más que en escudos efectivos. El problema, por tanto, no es el equipo en sí, sino el ecosistema que lo rodea.
Tecnología sin integración. Cuando ver no equivale a comprender
La apuesta venezolana incluyó radares de origen chino destinados a complementar la defensa aérea. Sobre el papel, ofrecían amplia cobertura. En la práctica, la guerra moderna no se define por la cantidad de señales detectadas, sino por la capacidad de procesarlas, filtrarlas y tomar decisiones en tiempo real. Analistas militares han señalado que la saturación de información, sin una adecuada discriminación de blancos y sin operadores entrenados para manejar escenarios complejos, puede paralizar más que proteger.
Un radar que “ve todo” pero no distingue amenazas reales de interferencias o señuelos genera confusión operativa. En ese contexto, la toma de decisiones se ralentiza y el margen de error se amplía. La defensa aérea contemporánea exige no solo sensores, sino doctrinas de empleo y entrenamiento continuo, aspectos que no se resuelven con la simple compra de hardware.
Lo llamativo es que de esto quedó evidencia en menos de tres días, cuando ayeren la noche, Drones enviados por la Policia venezolana, Sebin, fueron repelidos con artillería por las mismas fuerzas bolivarianas desde el palacio de Miraflores, ante la ausencia de quién interpretará los datos, demostrando la falta de comunicación; aunque los radares pudieron detectarlos.
La aviación como símbolo y su dependencia del sistema
La flota de aviones de combate de origen ruso fue exhibida durante años como prueba de poder aéreo venezolano. Sin embargo, la aviación moderna no opera en el vacío. Requiere control del espacio aéreo, enlaces seguros de comunicación y una red de apoyo que garantice conciencia situacional. Sin esos elementos, incluso aeronaves avanzadas pierden su capacidad disuasiva.
La experiencia internacional muestra que los cazas están diseñados para operar bajo paraguas defensivos coordinados. Cuando esos paraguas fallan o se fragmentan, la aviación queda expuesta o se ve obligada a limitar su operación. De nuevo, el problema no reside exclusivamente en la plataforma, sino en la ausencia de una arquitectura integral que sostenga su empleo.
El factor humano, el eslabón más débil
Más allá de la tecnología, el elemento humano emerge como un punto crítico. Los sistemas complejos exigen operadores capaces de gestionar presión, interpretar información contradictoria y tomar decisiones rápidas. Sin entrenamiento continuo, incentivos adecuados y profesionalización real, incluso el mejor equipo pierde eficacia.
Diversos análisis han señalado que parte del personal encargado de operar estos sistemas carecía de la formación necesaria para escenarios de alta complejidad. Manuales, simulaciones y asistencia técnica no sustituyen años de entrenamiento y doctrina operacional. En la guerra contemporánea, la improvisación no es una opción. La brecha entre la tecnología adquirida y la capacidad humana para emplearla de manera efectiva se convierte en un riesgo estratégico.
Dentro de la narrativa mediática del régimen, se vio en repetidas oportunidades a Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, mostrando el entrenamiento de sus presentas tropas, hombres y mujeres con sobrepeso, ausentes de técnica, lo que protagonizó virales memes en todas las redes sociales.
Dependencia externa y vulnerabilidad estratégica
Otro elemento relevante es la dependencia tecnológica. Al adquirir sistemas cerrados, con mantenimiento, actualizaciones y soporte sujetos a proveedores externos, el país quedó atado a decisiones políticas y logísticas ajenas. La sostenibilidad de una defensa no se mide solo en la compra inicial, sino en la capacidad de mantenerla operativa durante décadas.
Además, cuando se exponen vulnerabilidades técnicas, ya sea por análisis de campo, ejercicios o conflictos, esas debilidades dejan de ser un secreto. La información técnica que se filtra o se analiza reduce la ventaja comparativa de quienes utilizan los mismos sistemas en otros escenarios. En términos estratégicos, esto no afecta únicamente a un país, sino a la reputación y credibilidad de toda una industria de defensa.
El costo económico y social de la apuesta militar
Detrás del debate técnico hay una dimensión económica ineludible. Cada radar, cada misil y cada sistema adquirido representó recursos que no se destinaron a salud, educación o infraestructura. En un país marcado por una crisis humanitaria profunda, el contraste entre la inversión militar y el deterioro social resulta evidente.
La narrativa de invencibilidad funcionó como justificación política para priorizar el gasto en defensa, aun cuando las necesidades básicas de la población se agravaban. El colapso del relato no solo tiene implicaciones militares, sino también simbólicas, porque expone la distancia entre el discurso oficial y la realidad cotidiana de millones de venezolanos.
Propaganda, legitimidad y realidad
El régimen construyó su discurso de fortaleza como un elemento de control interno y proyección externa. Sin embargo, la legitimidad no se sostiene indefinidamente sobre símbolos militares. Cuando la realidad contradice el relato, la propaganda pierde eficacia. La exhibición de armamento en desfiles o actos oficiales no sustituye la credibilidad que proviene de instituciones funcionales y de un Estado capaz de responder a las necesidades de su población.
En ese sentido, el colapso del mito militar no es solo un asunto castrense, sino político. Revela cómo la toma de decisiones basada en narrativas ideológicas y no en evaluaciones realistas, puede conducir a errores estratégicos de alto costo.
Un modelo al desnudo
La discusión actual pone en evidencia un patrón. La creencia de que comprar caro equivale a ser fuerte. La experiencia internacional demuestra lo contrario. Las capacidades militares se construyen con tiempo, doctrina, entrenamiento y legitimidad institucional. Sin esos pilares, incluso el arsenal más costoso se convierte en un conjunto de piezas inconexas.
El caso venezolano ilustra los límites de una estrategia centrada en la adquisición de armamento como sustituto de la cohesión interna y la profesionalización. No se trata de negar la complejidad del entorno geopolítico ni las presiones externas, sino de reconocer que la fortaleza real de un Estado comienza por su capacidad de gobernar eficazmente y de alinear sus recursos con objetivos sostenibles.
Cuando el relato se impone a la realidad
El desmoronamiento del mito de la superioridad militar venezolana no implica que el país carezca de recursos o de potencial humano. Implica que un modelo basado en propaganda, dependencia externa y decisiones poco realistas terminó por exhibir sus límites. La guerra moderna no se gana con consignas ni con catálogos de armas, sino con sistemas integrados, comunicaciones, claras y coherentes, además de sociedades cohesionadas.
Lo que queda es una lección estratégica sobre cómo el poder no se decreta ni se compra de una sola vez. Se construye con instituciones, con profesionales y con una visión que entienda que la seguridad de un país está ligada, de manera inseparable, al bienestar y la confianza de su población. En ese contraste entre relato y realidad, el mito cayó por su propio peso.
En la madrugada del 3 de enero no sólo cayó Maduro, cayó el mito y el relato del poder militar venezolano.



