Por: Óscar Jairo González Hernández.
Cómo no sabía por dónde y en qué forma comenzar la presentación de este libro, qué no es una novela o que es una contranovela, que no es un relato sino un contrarrelato, que no es académico sino contra la academia, que es lo que es sin serlo, que se estructura su una forma nueva, qué se disemina en sí mismo con sus raros tentáculos, que hace relación a la vida misma en un medio, en una relación con un medio académico, que es la vida académica, que se tiene en lo insostenible, que relata y no relata, que trata sobre la duda, el caos, las tormentas de las relaciones con los otros: la ironía, la risa, el humor, la parodia, que es la irreverencia que libera y que condena, que dice de la muerte, de la insurrección incondicional, de la rebelión de los que conceden nada a lo que hacen ni de lo que no hacen.
Y una parodia, es la verdad, en la que todos los que vivimos en este medio estamos inmersos e involucrados, y entonces uno mismo está en el relato o no está o está de una manera o de otra, o de la manera en que uno quiera instalarse en el libro mismo, inclusive en contralibro del libro, o para decirlo con León de Greiff, en este mamotreto, que se mueve de una forma inalcanzable e inabarcable.

Es este libro: “Academia de solitaria y tristeza” de Rubelio López y Gabriel Lopera, un libro que se lee al revés, y da lo mismo, pero la historia es una, la invención de la universidad, porque la que es, real y evidente, no es, y si viven en ella, se forman en ella, es observándola, excavándola, midiéndola en sus contradicciones, rebelándose contra unos métodos establecidos o muertos. De la vida muerta de la universidad a la vida otra; por ello entonces construyen su universidad, la de ellos, en la que pueden hacer su vida, sin destruirla en formalismos y mentiras con las que se extorsiona la vida misma, porque la vida en la universidad es la vida misma, o sea, hace relación inescindible con la vida en su esencia y su desarrollo. No se tienen dos vidas, una para la universidad y otra para la vida; es una vida, la de uno, de la que se trata y por eso entonces es necesario observar esa vida como una totalidad que se hace en el mismo sentido de la vida. Y es así como la viven quienes están en este libro, quienes hacen este libro, con sus vidas o sus muertes (la tensión suicida). Los relatos sobre la vida de la universidad tienen entre nosotros su historia, en nuestra literatura, y yo recuerdo aquellos que hemos leído, y otros que no he leído ni voy a leer, sin duda, pues no soy historiador de la literatura. Entre esos relatos recuerdo de Gustavo Álvarez Gardeazábal: El titiritero, de José Stevenson: Los hombres de la voz dura, de Jorge Alberto Naranjo; Los caminos del corazón, de Juan Diego Mejía. El índice de Mao, de Freddy Téllez: La vida, ese experimento, de Juan Mario Sánchez: Como una melodía, de José Gabriel Baena: El libro del despegue de Beremundo Tranz o Salinger: El guardián entre el centeno, de Iris Murdoch: El castillo de arena, de Pierre Klossowsi: Roberte esta noche, de Patrick Modiano: En el café de la juventud perdida, o Allan Sillitoe, uno de los cuentos del libro: La soledad del corredor de fondo, el titulado: Mr. Raynor, El Maestro de Escuela, o Fernando González: El maestro de escuela de Michel Houellebecq: Sumisión, esta novela, no trata de lo mismo, cambia la perspectiva y propone e instaura en otra dimensión narrativa, que, como he dicho, se distancia claramente de estos textos que he mencionado. Quiebra esa relación de la historia, de narrar una historia en la vida universitaria, donde, sin duda, a todos les ocurre más o menos lo mismo, por el carácter y la estructura de las relaciones que allí se dan y se tienen que dar, y por las contradicciones que se dan en lo más inminente y más inmediato de esas relaciones obtusas o no. Descarnadas o no. Reales o no. Y la quiebra porque es una contranovela que se hace en este libro y en la www.

Estos relatos tratan sobre la vida de la universidad, la vida de la formación y de la distribución de la crisis y la crítica, de la inclinación por la iconoclastia, por la rebelión estética y teórica, por la suscitación de las contradicciones, por la búsqueda de la libertad contra la alienación y de la vida, pues el trato que se da allí es por momentos realmente obsceno, truculento u oscuro.
No en todas las instancias ni en todos sus momentos, pues es la contradicción de la vida en libertad y de la vida que no se desea vivir, o que se vive de una manera: condicionada o condicional a lo que allí ocurre, a la interlocución o no, a la interacción con los otros o no, a la locura o no, al delirio o no, a la hilaridad o no.
La forma sobre condiciones que son y que involucran a todos como una comunidad, en la que muchos o todos o nadie desea estar, porque condiciona su vida, la determina y lleva al orden, a la medida de las cosas, que son para de una tormentosidad inenarrable.
Vida universitaria, que no es la vida o vida universitaria, que es la vida también. No sabe uno cómo persuadirse de que es así, o de que la vida es un teatro, en el que uno lleva sus máscaras una y otra vez, o los que no, que son entonces los miembros de la Academia de Soledad y Tristeza.
Quizá este libro, como lo indican los autores Robelio López y Gabriel Lopera, comienza a concebirse en su lectura y ensayo que los dos hicieron sobre León de Greiff, y ellos lo dicen: Juntos escribieron la tesis Aproximación a la edición crítica del Libro de Relatos de León de Greiff, de donde surgió el artículo “Propuesta de un lector y una lectura de modelos para el Libro de Relatos de León de Greiff” (…) Resultado de esas lucidas y oscuras, irritantes y tranquilas relaciones con otro (s), de los que uno no querría saber absolutamente nada más que están en el mundo, que se mueren en el mundo, sin más mediación farcameútica y no del farmákos, que vivir o sobrevivir, tanto Robelio como Gabriel, halaron de cada uno, lo que cada uno querría para el proyecto de ironía estética y de rebelión narrativa, o sea, de lo que les poseía. Eso es, método de la posesión. Resultado o no, entonces, este libro.
Y como nos lo enseña o se los enseñó León de Greiff, allí la parodia, aquí la risa, más allá la burla y más acá, la ironía del irreverente, del atrabilario, del lelo, el sibilino, el “facecias-urdo”, y así. Citemos a De Greiff, que siempre fue un rebelde y decidido sobre esa insistencialidad en la rebeldía, que es también la que hila y mantiene la tensión en Academia de soledad y Tristeza. Yo no soy literato, pero creí ser poeta un tiempo. Yo no soy propiamente un resentido: antes bien soy un regocijado, un gozón, si no azucarado, ni acaramelado, ni menos almibarado.
Pero el caso es que no he logrado adquirir mi diploma, por más que les pongo suplicantes ojos de ternera antes de estar a la llanera y les elevo memoriales con potísimas recomendaciones de los neo-oligarcas –palancas manzanillas–. Ni por esas ni por las otras. Héteme, no poeta, sino ni poeta: ni cripto-poeta sin conexidades. Voy a tener que dedicarme a dictar literatura desde la cátedra, en cursos no de verano, a base de los conocidos manuales ad hoc (de esos que evitan el tener que leer las obras y que dan el barniz que –como superficial– se ve más, vale más o más aparenta).
Y cuando se dice literatura, se entiende la española, porque los manuales de las otras (y no existentes a la mano) están en francés. (Bajo el signo de Leo. Sexto Mamotreto. Admoniciones y Facetas). Irreconciliable e intolerante en el sentido crítico de la vida, como lo dicen y sostienen los Rubelio y Gabriel. Quedará al lector exhaustivo, que no exhausto o extenuado, determinar en dónde interviene Rubelio y en dónde no, y dónde interviene Gabriel y dónde no, en el libro donde es Robelio Erecteo o Gabriel Maleza.
Dos caracteres que se ensayan, se muestran, se ocultan, hacen cada uno su exhibicionismo, se ríen de sí mismos, se conciertan para destruir el sentido, para hundirse en el abismo de la duda o de la burla, de la parodia. Buscan eliminarse, sustituirse, llenarse y vaciarse uno del otro; pero queda el libro indemne, inalterado en sí mismo, pues es un libro de uno y otro, de otro y uno, que son el mismo, y no son nadie ni nada. Y se hacen nada porque esa es su oscura intencionalidad. No ser nada ni nadie, ni siquiera ellos mismos. Y son uno y otro, como lo era León de Greiff.
Ese momento, en ese incidente en que los dos se conectaron a sí mismos, como lectores y escritores, en que se hicieron lectores obsesivos de De Greiff, se decidió, como he dicho, quizá la realización de este libro, de un libro que continúa en la www, y que allí está haciéndose, inclusive en este momento mismo, en que hablamos aquí de él. Quizá haya otro libro escrito allí y no lo podamos leer aquí mismo.
Es un libro que no está en este libro, sino que se continúa en otro libro en la www., en la red. Es tremendo esto, como lo que se forma y se transforma en el dominio de lo nuevo, de la necesidad de lo nuevo, que es aquello que se hace en la medida en que soy yo quien le da el carácter de nuevo, dado que han destruido la historia misma para poder hacer y darle forma y sentido a lo nuevo. Nuevo es lo que es para ellos, que son los que crean el estilo nuevo, que en realidad está intervenido por ellos dos y sus necesidades radicales, racionales, raciales, conscientes e inconscientes, consistentes e inconsistentes, coherentes e incoherentes.
Tienen para ello, entonces, que destruir, caotizar, reírse de todo, y lo hacen en este libro. ¿Y cómo destruirlo todo, cómo causar lo arbitrario en todo? No lo quieren hacer, y por eso mismo entonces requieren de una historia, pero que ellos hacen y forman, como es la que se observa y se lee como uno de los propósitos de la Academia, en relación a la literatura: Como se sabe, la Academia de Solitaría da especial importancia a la literatura producida dentro de la misma institución, literatura proveniente de profesores y estudiantes que ya, francamente, no se aguantan y revientan en forúnculos cuyo pus salpica la cotidianidad de quienes los rodean y brinda esperanza a los menesterosos.
De ahí la grata sorpresa que significó para el Departamento de Averiguaciones Poéticas el contenido de los manuscritos que encontró don Ramón, el Señor del Aseo, y que hizo llegar a la respectiva dependencia, tan pronto se hartó de encontrárselos tirados por todas partes en las instalaciones de la Academia. Y eso se hace en los talleres sobre Melville, Wilde, Mary Shelley y Nathaniel Hawthorne.
Aquí muestran entonces en qué historia de la literatura se instalan y por qué, y a la vez, contra cuál historia literaria están: Paula Ñeruda: (…) Y hacemos salvedad también del primer libro publicado por Paula Ñeruda, titulado ¡Va hombre care…!, de la editorial Rollo de Papel, 2009, en la que se explora, con sorprendente sentido de la innovación (¡a estas alturas e innovando!), las oscuras regiones de la metafísica nea, sin caer en sicologismos baratos, ni en apologías grotescas, ni en la tan fácil pornoviolencia, motivo de ya no sé cuántas novelas contemporáneas.
De la universidad nueva, de la que aquí se trata, o sea de Academia de la Solitaría y la Tristeza, lo que más nos ha interesado es la estructura narrativa y la construcción que hacen de universidad nueva. Narración nueva de la nueva universidad, de desnudarla y mostrarla como es, como se queda sin decirse o sin ser, y por lo mismo, entonces la universidad tiene y contienen todo lo que se hace y se realiza en una universidad, en la universidad, pero con la condición nueva: que allí, también vivimos como totalidad de lo que somos y hacemos, y que eso debería considerarlo una universidad, para no vivir escindidos de la verdadera y única vida, la que narramos como totalidad del ser y no una, que se llama vida en la universidad, qué es la de la formación misma en su sentido totalizante y abarcador que ha de ser y tener.
Como dice Dany-Robert Dufour: ¿Qué es un pedagogo? Si no queremos correr el riesgo de no entender nada, debemos distinguir dos tipos de pedagogo: el pedagogo posmoderno es aquel que, por el bien de los alumnos, renuncia a proponerles los trabajos que los jóvenes ya no tienen habilidad de realizar.
A estos puede aplicárseles el adagio que reza “siempre hay que desconfiar del que obra por el bien de los demás”; el simple pedagogo es aquel que procura por todos los medios posibles hacer que el alumno entre en el discurso del saber, situándose en la función de proposición y situando al alumno en la función crítica (1). (El arte de reducir cabezas. Sobre la servidumbre del hombre liberado en la era del capitalismo total.)
Celebramos pues, tras 10 años de haberse publicado esta novela: que Rubelio López y Gabriel Lopera; qué Alberto Miraflores, Anónimo Rodríguez, Amado Rincón, Amanda Küss, Erecto Domínguez, Aristarco de Aliparnasso, Gerónimo Aranda, Umberto Bölitz Mainamuta, Félix Poe Possio, Hambriento Durín Mutis, estén aquí, todavía, entre nosotros y que este sea su libro y no otro, y qué Sílaba Editores, con Lucía Donadío como motor móvil de este universo de los libros, haya propiciado y promovido la publicación de este libro y no de otro, para que no haya más reducidores de cabezas.





