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miércoles, agosto 10, 2022
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Y seguimos haciéndonos la misma pregunta

Por Claudia Posada

El país está en manos, supuestamente, de expertos en Seguridad. ¡Qué esperanzas! Así estuvimos en Medellín, exportando saberes que los versados en la materia, llevaban a gobiernos que no padecen ni la mitad de horrores por los combates, hostilidades y ofensivas que hacen parte de la guerra interna en Colombia. Que dizque tenemos la gente que más sabe de narcotráfico, que tenemos a los más preparados para enfrentar la guerra de guerrillas, y que somos los verracos para someter a capos y jefes criminales.

Y sin embargo vamos de mal en peor. La cruel experiencia de hace algo más de un año a raíz de marchas pacíficas, así como protestas pavorosas, sobre las que finalmente apenas sí supimos sobre algunas cifras por las confrontaciones y reacciones desmedidas, en todo caso no son informaciones satisfactorias pues todavía no se esclarecen denuncias que hablan de mezquindades en escenas oscuras y escenarios sórdidos.

Ahora se toman el país grupos que delinquen en ciudades intermedias y pareciera que los de siempre dijeran: «no es con nosotros». Si los contrarios de Juan Manuel Santos durante todo su mandato le increparon particularmente tolerancia con la guerrilla y hasta connivencia con grupos al margen de la Ley ¿cómo podría llamarse la particular forma de asumir el día a día del actual gobierno? Está del otro lado, lo eligieron para «rescatarnos de las garras terroristas», pero resulta que no salimos de un acontecimiento escabroso, para caer en otro.

Los colombianos del común estamos aterrorizados. No nos sentimos seguros, no creemos que estemos en buenas manos; sentimos que nos mienten, nos esconden verdades, nos engañan. Sabemos que en el Congreso hay mayorías que aprueban sin ruborizarse, con inmoralidad e indecencia, los que a ellos y a los gobiernos regionales y locales les conviene, porque son amigos de las alcaldadas ya que les reportan grandes beneficios personales. Todas esas sinvergüenzadas transitando por despachos públicos y oficinas fastuosas en las que las mayorías se sienten tan cómodas repartiendo favores, amparados en fueros que les permiten inclusive alzar voces destempladas contra quienes no pertenecen a sus camarillas, van y vienen cínicamente, ignorando que de un estallido social que ya tuvimos, podríamos pasar al caos total del que ni ellos podrían salvarse.

Es inexplicable cómo los ciudadanos colombianos queremos, en un gran porcentaje, recuperar algo de la tranquilidad que perdimos hace años, y sin embargo nos aferramos a falsos redentores. Libertadores y faros para recuperar el orden no existen ya; se extraviaron en el camino de sus propios apetitos y encontraron devotos con prontuario, sin hígados, sin conmiseración, siguiéndolos y hablando a su favor.

El país obliga a cambios muy profundos, a reconciliaciones, a oír verdades y a compromisos que la dirigencia no quiere aceptar. Guerrilleros, militares y paramilitares cometieron infamias terribles, muchas más y más crueles de las que hemos podido conocer. Y es tal la indiferencia, la frialdad de quienes están en las esferas de poder y decisión, que apenas sí se levantan para ponerse del lado de éste o aquel candidato en la contienda electoral de este momento –es decir, están en campaña mientras el país se desangra y muere entre el hambre, las violaciones,  masacres y desplazamientos– o para atizar el fuego que pareciera quieren mantener, mientras  nosotros nos hacemos la misma pregunta: ¿a quién le conviene el conflicto armado interno?

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