miércoles, agosto 4, 2021
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No, esta elección no es un referendo pro o anti Trump

Por: Guy Millière y Philippe Karsenty
Traducido por Eduardo Mackenzie

El verdadero desafío en las elecciones estadounidenses es la defensa del mundo libre.

Es muy difícil encontrar un artículo favorable a Donald Trump en la prensa francesa. Es igualmente difícil encontrar un artículo que describa la realidad de Estados Unidos bajo la presidencia de Trump. Es aún más difícil encontrar un artículo que describa de manera relevante lo que está en juego en las elecciones entre Donald Trump y Joe Biden el 3 de noviembre de 2020.

Desde el momento en que Donald Trump declaró su candidatura en 2015, todos los medios franceses retrataron a Donald Trump de manera negativa e insultante. No han parado desde entonces. En ese contexto, es importante restablecer los hechos, nada más que los hechos.

La elección enfrenta a Donald Trump no tanto contra Joe Biden como a Donald Trump contra la izquierda estadounidense, que esta vez pretende hacer que la transformación del país sea verdaderamente irreversible.

El balance de la acción de Trump al final de estos cuatro años está lejos de ser negativo como lo repiten los comentaristas en todas partes. En febrero de 2020, justo antes del brote de Covid-19, Estados Unidos se encontraba en la mejor condición económica que ha visto en más de cincuenta años. La inmigración ilegal fue frenada en gran medida. Los salarios estaban subiendo, sin que el país experimentara una inflación. Las minorías negras e hispanas habían conocido, en tres años, el mayor aumento del nivel de vida que han visto desde que existen esas estadísticas. Esto explica por qué la proporción de estadounidenses que dicen que su vida es mejor hoy que hace cuatro años es del 56%. Al final de la presidencia de Obama, en octubre de 2012, esa cifra era muy inferior, un 45%. También explica por qué Donald Trump recibirá muchos más votos negros e hispanos este año que en 2016.

En política exterior, ayudó a destruir al Estado Islámico en menos de un año, el terrorismo islámico masivo casi ha desaparecido del mundo occidental, incluso si los yihadistas aislados siguen asesinando, como hemos visto muy recientemente en Francia. Trump ha detenido el Irán de los mulás que estaba desestabilizando a todo el Medio Oriente, abrió los ojos del mundo sobre la naturaleza hegemónica y opresiva de China, lanzó el primer avance exitoso hacia la paz en el Medio Oriente en mucho tiempo: la firma del acuerdo entre Israel, Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos es solo un primer paso.

La pandemia ha golpeado a Estados Unidos como a Europa Occidental y, cuando se disipe la retórica de propaganda anti-Trump, se verá que ha desempeñado plena y efectivamente su papel como presidente durante la pandemia. Como lo exige la Constitución de Estados Unidos él ha dejado la gestión concreta de la pandemia a los gobernadores de cada uno de los cincuenta estados. Algunos han manejado bien la situación, otros no; los que la han administrado mal son, en su mayoría, gobernadores demócratas.

Todo lo que ha realizado Trump lo ha hecho a pesar de los obstáculos que le han puesto en su camino día tras día, y también a pesar de lo que hoy es la izquierda estadounidense. Esto no tiene nada que ver con lo que era la izquierda en la época de Bill Clinton. Es una izquierda mucho más radical, que odia a Estados Unidos por lo que es, y que pretende transformar radicalmente el país. Esa izquierda ha utilizado una estrategia de infiltración en las instituciones y la ha dirigido desde finales de la década de los años 1960. Se ha apoderado del poder en las universidades, en las escuelas secundarias, en los medios de comunicación, en el mundo de la cultura y, finalmente, en el Partido Demócrata del cual tiene ahora las riendas. La elección de Barack Obama la llevó a creer que podía liderar la transformación radical del país, objetivo que nunca había abandonado. Hillary Clinton estaba llamada a completar lo que había hecho Barack Obama y hacer que la transformación fuera irreversible.

Donald Trump se ha presentado para contrarrestar ese movimiento. Tan pronto como quedó claro que tenía la oportunidad de ser elegido presidente, se convirtió en el hombre que debía ser derribado por la izquierda estadounidense. Desde que se convirtió en presidente, ha sido un enemigo absoluto para ella. Y todas las fuerzas de la izquierda estadounidense se volcaron contra él, en todos los sectores que ella controla. Todos los medios estadounidenses le son hostiles, con la excepción parcial de Fox News. Lo mismo ocurre con la mayoría de profesores y celebridades. El Partido Demócrata se ha comprometido a derribarlo, y es lamentable que ningún medio en Francia haya hablado de las maniobras fraudulentas llevadas a cabo por la administración Obama en 2016 para intentar derrocarlo: el fondo de la inexistente “Colusión con Rusia” suena como una mala novela de espías, al igual de lo que alguna vez se llamó el “Ukrainegate”. Los procedimientos de acusación contra Trump se llevaron a cabo violando todas las normas de derecho, e incluso despertaron la indignación de destacados juristas demócratas (cf. Alan Dershowitz).

La desinformación sobre el manejo de Trump de la pandemia ha alcanzado el colmo de la infamia. La desinformación sobre cómo fueron los disturbios de junio de 2020 ha sido completa, y hasta la fecha el Partido Demócrata no ha repudiado ni al movimiento Antifa ni a Black Lives Matter, una organización que no es antirracista sino un movimiento que se fija explícitamente el objetivo de destruir las instituciones del país, del país que el estatuto de esa organización describe como «estructuralmente racista» y «profundamente viciado».

En consecuencia, la elección del 3 de noviembre de 2020 no es tanto contra Donald Trump o contra Joe Biden sino de Donald Trump contra la izquierda estadounidense, que esta vez pretende hacer que la transformación del país sea verdaderamente irreversible. Joe Biden fue elegido candidato porque ha estado en política durante mucho tiempo (47 años) y puede simular lo que era el Partido Demócrata antes de que lo colonizara la izquierda estadounidense. Quienes lo eligieron candidato saben que es senil y entienden que pronto será reemplazado por Kamala Harris, la candidata de su elección y que, por sus votos y propuestas, es hoy la senadora más izquierdista del Senado. El programa de Joe Biden es esencialmente el mismo que tenía Bernie Sanders durante las elecciones primarias: es un programa que prevé una fuerte subida de impuestos y una multiplicación de regulaciones, un cese casi total de la producción de combustibles fósiles, una regularización inmediata y acceso a la nacionalidad de millones de inmigrantes ilegales, una transformación muy profunda de las instituciones estadounidenses, un recorte muy claro en los presupuestos militares y, en política exterior, la abolición de las sanciones que pesan sobre el Irán de los mulás, una política mucho más conciliadora con China y un retorno a posiciones decididamente muy antiisraelíes.

Los cientos de miles de americanos que han acudido en masa a las reuniones públicas de Donald Trump durante meses creen que el futuro de la democracia y de la prosperidad estadounidenses, y posiblemente el futuro del país, están en juego. Piensan que las medidas económicas propuestas por los demócratas provocarían una recesión duradera, que la transformación de las instituciones previstas por los demócratas destrozaría esas instituciones, y que todo lo que refuerce a Irán y a la China hará al mundo menos libre y mucho más peligroso.

Joe Biden no atrae a nadie y sus mítines públicos están casi vacíos. Durante las últimas dos semanas, incluso se vió reducido a sacar a Obama del armario para captar algo de luz después de hacer campaña desde el fondo de su sótano. Los que votan por Biden votan contra Donald Trump y, en su mayor parte, desconocen la plataforma demócrata. La mayoría de ellos son los idiotas útiles de la transformación radical de izquierda que probablemente golpeará al país si Trump fuera derrotado. En términos franceses, eso correspondería a votar a Strauss-Kahn y a confiar el poder a Jadot y a Mélenchon.

Hay que temer desórdenes en la noche del 3 de noviembre y probablemente en los días siguientes. La izquierda estadounidense quiere expulsar a Donald Trump de la Casa Blanca a cualquier precio. Si es reelegido, es posible que haya disturbios. Si es derrotado, también es probable que estallen disturbios: para la izquierda estadounidense de hoy, el derrocamiento de Donald Trump es sólo un paso. La izquierda estadounidense quiere mucho más. Hoy es una izquierda revolucionaria.

Aquellos en Europa que quieren que Joe Biden y la izquierda estadounidense ganen, ¿saben realmente lo que les espera si gana su campeón?

Hoy, en 2020, solo hay dos grandes potencias en el mundo: Estados Unidos y China. Un debilitamiento de Estados Unidos, que sería una certeza con la victoria de Joe Biden, significaría un fortalecimiento de China. Como sabemos, la China no es para nada democrática y sigue siendo un régimen totalitario. ¿Pero tal vez ese es el objetivo final de ellos? Tras haber fracasado en su intento de destruir el mundo libre con el comunismo en la segunda mitad del siglo XX, lo intentaron con el islamismo que parece estar en declive; los cambios en Arabia Saudita y el debilitamiento de Irán son ejemplos de esto, son señales obvias. Ellos parecen estar poniendo ahora todas sus esperanzas en la China comunista y dictatorial. No dejes que lo hagan. No dejes que ganen.

 

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*Guy Millière es escritor. Es el autor de After Trump? (Ediciones Balland, París). Philippe Karsenty es empresario y editor. Es portavoz del Partido Republicano Americano en Francia.

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