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lunes, junio 27, 2022
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La segunda parte de la paz

Por Jaime Ruiz

Las reacciones al triunfo de Petro son el mejor retrato del país que uno puede encontrar. Alejandro Gaviria se felicitaba por ¡el fin de los odios!, frase maravillosa que parece alegrarse del asesinato de Jesús Montaño y de la campaña de amenazas, difamaciones, insultos y montajes de los partidarios de Petro. Félix de Bedout sacaba pecho por la altísima votación en departamentos como el Chocó, que al parecer era un clamor de justicia que no se había querido escuchar en la capital… Así. En Bojayá la votación fue del 91 % a favor de Petro, prueba de la gratitud de esos compatriotas a su líder alias Benkos Biojó.  Los niños bomba y las castraciones de policías con que los compañeros de Petro llegaron a la «paz» son episodios vulgares ante la desfachatez de esta clase de personajes, moralmente inferiores aun a los propios violadores de niños, a los que representan en el periodismo y en la política.

En el bando perdedor las reacciones parecen ejemplos de las respuestas típicas ante el duelo. Sobre todo la etapa inicial de negación, abundan las acusaciones de fraude que hacen pensar en mentes mal maduradas: ¿cómo se demuestra el fraude? Si en unas elecciones hay una autoridad que dice cuántos votos hubo sin que se puedan contar de forma independiente, no tiene sentido convocarlas, se pregunta a esa autoridad quien debe ser el presidente y se ahorran recursos ingentes. Las acusaciones de fraude no se preocupan de probar ningún manejo incorrecto porque quienes las profieren ni siquiera saben nada del proceso de recuento, sólo se ven perdedores y no lo aceptan, tal como harían los de Petro si el resultado les fuera adverso.

Yo no sé si hubo trampas al contar los votos, no puedo saberlo y me sorprende que los mecanismos de vigilancia no conduzcan a denuncias formales (no fotos en las redes sociales). En realidad dudo que las haya habido o que hayan sido significativas, no porque confíe en la honradez del registrador ni de ninguna parte del sistema, sino porque es mucho más sencillo llenar las urnas de votos legítimos e incuestionables. Para eso sólo hace falta poner en marcha una vieja institución nacional, la «maquinaria». Parece que ya nadie recuerda que hasta hace poco se hablaba de «voto de opinión», dando por sentado que era sólo una parte del voto y que el resto era el que se conseguía mediante incentivos y presiones convenientemente manejados. Dependía de los recursos para engrasar la maquinaria, eso es lo que define la actual elección.

Antes de ocuparme de esos recursos y esos mecanismos de captación del voto quiero detenerme en lo particular de la segunda vuelta: en contra del cursi y grotesco patán narcocomunista tenían a un señor muy mayor que también termina los verbos reflexivos en «sen» («abrazarsen», dice Petro en alguna conmovida deposición) y que se declaraba admirador de Adolf Hitler, perfectamente la clase de personaje que inspira rechazo y que no se esperaba que superara a Federico Gutiérrez, por mucho que éste tampoco convenciera mucho fuera de su región. ¿Cómo pasó el ingeniero a segunda vuelta? ¿Cómo es que la suma de los votos de los candidatos claramente hostiles a Petro en la primera vuelta resultó perdiendo casi 800.000 votos mientras que Petro recaudó más de 2,7 millones más? La única explicación es que muchos votaron por Rodolfo Hernández en primera vuelta y por Petro en la segunda, entonces para sacar de la contienda a Gutiérrez, dado que el paso de Petro se daba por sentado y convenía invertir la grasa de la maquinaria en esa tarea. Después para asegurar el triunfo del increíble «economista».

El triunfo de Petro es la conclusión del proceso de paz de Santos. Después de que se reconoció a la insurrección comunista como igual de legítima al Estado democrático, se nombraron tribunales acordados entre los asesinos y el gobierno que los premiaba y se nombró una «comisión de la verdad» presidida por Alfredo Molano, un profesor que ordenaba abiertamente masacres desde sus columnas de la prensa, a la vez que se favorecía la multiplicación de los cultivos de coca y el control de ese lucrativo negocio por parte de unas bandas que en 2010 estaban prácticamente extintas, ya la conquista de la presidencia era cosa hecha. (La «disidencia» de la Nueva Marquetalia fue resultado de la persecución a sus líderes por jueces estadounidenses, lo que prueba que seguían implicados en el narcotráfico, no esos disidentes, que lo fueron por ser procesados, sino toda la banda.) A partir de 2017 la producción de cocaína es cercana a mil toneladas anuales, y ese dinero, aparte del que se sustrae a los venezolanos y el que muy probablemente aporta el régimen iraní (muy presente en toda Sudamérica, siempre cerca de los regímenes de la galaxia chavista, como el Brasil de Lula y la Argentina de los Kirchner), es el que explica la copiosa votación por Petro, típicamente en las regiones cocaleras y en aquellas en que la compra de votos está más arraigada.

Pero la paz de Santos fue algo que Colombia aprobó. No hubo el menor gesto de descontento cuando Santos anunció el día de su posesión que Chávez era su «nuevo mejor amigo», como si en la ceremonia de la boda el novio declara que está enamorado de otra dama, y cuando comenzó el proceso de La Habana no hubo ninguna resistencia. En el plebiscito hubo más votos en contra (extrañamente esa vez el registrador no dijo que el 99 % de los votos eran por el sí, cosa inexplicable en el país en el que todos creen que el resultado es el que quiera el que escruta), pero no significó nada porque Uribe dijo que a pesar de eso él honraba la palabra empeñada, y para elegir al sucesor de Santos el rival de Petro era un personaje próximo al golpista y sólo reconocido por los amigos de los terroristas, obviamente poco dispuesto a cambiar nada del acuerdo.

La paz fue una elección moral de los colombianos, como cuando una persona decide cometer un crimen o prostituirse. También en estos casos habría muchas condiciones que favorecieran esa elección, pero el caso es que los mutiladores y violadores de niños se convirtieron en legisladores sin que en la siguiente elección hubiera ningún voto que cuestionara esa novedad. El triunfo de Petro era inevitable porque aparte del dinero de la cocaína los agentes del régimen cubano ensanchaban su control de los resortes del poder.

Los perdedores se hallan en las primeras fases del duelo (negación, ira) y poco a poco irán avanzando a las siguientes (negociación, depresión y aceptación). Abundan los que esperan que no sea tan terrible y que en cuatro años sea posible sacar a Petro, cuando los que votaron por él comprueben lo malo de su gestión, como si no hubiera sido alcalde de Bogotá después de una serie de personajes de su partido a cuál más corrupto e inepto. Como si nadie pudiera contarles lo que ocurrió en Cuba y después en Nicaragua y después en Venezuela y ahora en Bolivia, países en los que no tenían previamente el control del poder judicial ni leyes que justificaban su tiranía.

El triunfo de Chávez comportó el saqueo completo de las arcas venezolanas y el hundimiento del país en los últimos puestos de todos los índices, empezando por el de corrupción, pero su régimen no se va a caer en varias décadas. Eso mismo ocurre ya en Colombia, frente a una conjura bien organizada y bien financiada, sólo hay gente perezosa que realmente cree que Estados Unidos va a intervenir para combatir a Petro, cuando el portavoz del Departamento de Estado mostró su alegría por la elección de Petro, o que los militares van a dar un golpe de Estado.

El final del duelo es la aceptación, la semana pasaba señalaba cómo la Constitución del 91 es ya un rasgo de identidad de los colombianos. La tiranía comunista que perfectamente durará todo el siglo también lo será. Petro y sus sucesores no se irán por las buenas, y nadie los echará. Bueno, no hay que verlo tan mal, los que se quejan de los indigentes venezolanos dejarán de verlos, de hecho, millones de colombianos les devolverán la visita, a pesar de lo miserable que seguirá siendo ese país.

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