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La cuestión de la intervención internacional, armada o no, en Venezuela

Por: Eduardo Mackenzie

Juan Guaidó no puede ser más claro. En declaraciones para dos medios diferentes, el diario El País, de Uruguay, y la agencia AFP, del 7 y 8 de febrero, afirmó que él, como presidente encargado de Venezuela, y haciendo uso de los poderes que le confiere la Constitución de su país, hará “lo necesario” para para salvar vidas humanas, recibir la ayuda humanitaria que se agolpa en las fronteras y lograr tanto “el cese de la usurpación”, como “el gobierno de transición y elecciones libres”. Y reiteró que no excluye la posibilidad de pedir la intervención militar de Estados Unidos o de una coalición militar internacional para logar esos objetivos.

Tiene él toda la razón al no descartar medio alguno pues Nicolás Maduro no puede seguir en Miraflores en el papelón de jefe de Estado y acentuando el terror y la salvaje represión contra el pueblo y el saqueo de los fondos públicos, en dinero efectivo y lingotes de oro (1).

La línea expuesta en las dos entrevistas fue la respuesta del presidente encargado, reconocido como tal por cerca de 40 países, a la súbita condición puesta por el primer ministro del Canadá, Justin Trudeau, y su ministra de Relaciones Exteriores, Chrystia Freeland, el pasado 4 de febrero. Al salir de la reunión del Grupo de Lima en Ottawa, la ministra Freeland enfatizó, en efecto, que el punto 17 del comunicado de la reunión de ese día decía que Canadá y el Grupo de Lima apoyarían [únicamente] “un proceso de transición pacífico a través de medios diplomáticos y políticos sin el uso de la fuerza”.

Esa corta frase de Ottawa tuvo un efecto devastador. Maduro vió en eso una señal. Al día siguiente, el puente de Tienditas, que comunica a Colombia con Venezuela, fue cerrado, primero con contenedores y camiones, después con soldados. Y la caravana de camiones con ayuda humanitaria que una coalición internacional que incluye a Estados Unidos tuvo que ser frenada en Cúcuta, mientras que del otro lado del puente hay millones de personas que necesitan alimentos y medicinas y piden que esa ayuda llegue hasta ellos. “De prolongarse la crisis se estima qué más de 300.000 venezolanos morirán, y muchos más se verán obligados a migrar”, había explicado el 7 de febrero el presidente Guaidó.

Hay momentos en que la cautela de los diplomáticos es más cruel que los usos militares pues refuerza a los tiranos. Los diplomáticos salvan la cara, y triunfan en los salones, pero las poblaciones son las que pagan caro tales juegos.

Sin acusar a nadie, Juan Guaidó restauró el enfoque correcto que Ottawa trata de quitarle a él y al Grupo de Lima. El Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, por su parte, respaldó la orientación de Guaidó y difundió, el 8 de febrero, un largo documento en el exhorta al presidente encargado a seguir realizando “todas las acciones” (…) “en el cumplimiento cabal de la Constitución, los Tratados, Pactos y Convenios Internacionales” para lograr “instrumentar inmediatamente, sin dilación alguna y de forma prioritaria la apertura de un Canal Internacional de Ayuda Humanitaria para Venezuela”.

El TSJ tocó el punto central al autorizar, además, la conformación, si es necesario, de una “coalición militar en misión de paz para ejecutar perentoriamente la Ayuda Humanitaria, a fin de cumplir con el mandato impuesto por esta medida cautelar urgente, que tiene como fin proteger a la población de las calamidades que sufre por la falta de alimentos, medicinas y asistencia médica.”

La coherencia entre el presidente encargado, la asamblea nacional venezolana y el TSJ es, pues, total. ¿Qué hará ante eso el gobierno canadiense? ¿Justin Trudeau olvidó quién es Juan Guaidó? Con una frase aparentemente banal Trudeau intentó vedar a un presidente encargado, que le hace frente a una crisis humanitaria, una de sus prerrogativas constitucionales, como disponer de medios políticos y militares para conducir su acción de gobierno. ¿Qué diría Trudeau si el Grupo de Lima y un gobierno amigo, le dicen que lo apoyan en un diferendo contra un dictador furioso a condición de que se limite a utilizar contra aquel “medios diplomáticos y políticos sin el uso de la fuerza”?

Lo de Ottawa fue, pues, un golpe bajo, una falta grave que, inexplicablemente, los diez países que asistieron a esa reunión, incluida Colombia, dejaron pasar. Hasta el momento no han corregido el error como sería volver a la orientación que permite al Grupo de Lima, y a la coalición que organiza la operación humanitaria, decir que, en la lucha para ponerle fin a la usurpación, y para abocar la transición, todas las opciones están sobre la mesa.

¿Quién puede creer que la reculada angelista de Ottawa animará a los altos oficiales venezolanos a pronunciarse o rebelarse contra Maduro? Hasta la fecha tres militares de alto rango han reconocido a Juan Guaidó. La prensa asegura que muchos otros quieren que esa ayuda pase pues saben que la crisis alimenticia y sanitaria del país es vastísima. Pero están paralizados por el miedo, muy justificado, que generan las horribles represalias que practica el poder narco-castrista. La oposición denuncia que en Venezuela varios opositores han sido asesinados –el más reciente es Fernando Albán–. Guaidó dice por su parte que hay 160 militares encarcelados y que 27 de ellos han sido torturados y que las familias de los militares detenidos sufren presiones terribles (2). En una entrevista a la AFP, Guaidó reveló que “del 23 al 30 de enero pasado, el FAES, una unidad de las fuerzas armadas, asesinó a sangre fría a 70 jóvenes” (3).

¿Cómo parar esa maquinaria de opresión sin el uso de la fuerza, o de una cierta forma de fuerza (nadie está planteando el uso de la bomba atómica)? ¿Caerá por agotamiento interno la dictadura castro-chavista que padece Venezuela desde hace 20 años? La tesis de los que creen que la vía diplomática abatirá a Maduro evocan la caída de muro de Berlín y la implosión de la URSS, dos procesos de derrumbe comunista en los que, es cierto, no hubo intervención de la fuerza armada.

Sin embargo, ese análisis excluye un hecho: que el comunismo que se apoderó de Venezuela no es de tipo gorbacheviano. Fidel Castro estimaba que la “violencia revolucionaria” habría impedido la caída de la RDA y de la URSS. Ese es el esquema que sigue al mando en La Habana, de donde vienen las órdenes estratégicas para Venezuela. Y lo central para Raúl Castro es mantener vivo el mito de “la fusión de las dos revoluciones”.

El presidente encargado Guaidó sabe perfectamente que esa es la situación. Y que Maduro construye también un bloque falsamente diplomático (pues reposa sobre la presencia militar cubana y rusa en Venezuela) con Rusia, China, Irán, Cuba y hasta Hezbolá, para desequilibrar el bloque de países comprometidos en el programa de ayuda humanitaria y la restauración de la democracia en Venezuela. Todo depende ahora de la capacidad de este último para descubrir la brecha y el momento preciso de quiebre de ese inestable escenario.

Notas
(1).- Juan Guaidó, declaró a la revista francesa L’Obs que “más de 300 mil millones de dólares han sido desviados por el régimen y ocultados fuera del país”. L’Obs, 31 de enero de 2019, página 42.
(2).-Ob cit, página 43.
(3).- Entrevista de la AFP, publicada por El Universo, Guayaquil, eluniverso.com/..-estados-unidos

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