jueves, abril 22, 2021
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Intelectuales y comunismo

Por Eduardo Mackenzie

Antes de que le den un puesto en una lista electoral del petrismo, Margarita Rosa de Francisco debería averiguar un poco más donde está metiendo los pies. Lo mismo debería hacer Cristina Geithner. Ambas actrices de renombre internacional acaban de declarar su amor por un horrible personaje que les ha prometido maravillas. Abran bien los ojos señoras. Gustavo Petro es el sombrío cacique de un partido extremista que no oculta su resentimiento bestial contra Colombia. Él está pidiendo dinero, respaldos y votos, para hacer de su país una Venezuela bis, aún más desgraciada, miserable y oprimida que la isla-prisión de los Castro.

¿Quieren ustedes eso para Colombia, Margarita Rosa de Francisco y Cristina Geithner?

Con no poco humor y algo de auto flagelación (quizás inconsciente), Margarita Rosa de Francisco dijo en estos días, luego de su violento editorial contra Luis Carlos Sarmiento, que ella está “en proceso de mamertización” y que pronto leerá en público un manifiesto izquierdista.

Cristina Geithner estima por su parte que Gustavo Petro es “un hombre consecuente”que se ha ido ganando “la credibilidad de la gente”. Ella cree que “la gente” está “cansada de las viejas políticas” y que necesita un “cambio radical”, con reformas y “nuevas maneras de pensar y de actuar”.

¿Y qué tal si fuera lo contrario? ¡Las viejas políticas, las viejas maneras de pensar y actuar son las de Petro!

¿Qué tiene de nuevo la censura? ¿Qué tiene de nuevo la represión de los intelectuales y de los artistas libres? ¿Qué tiene de nuevo la abolición de las libertades más esenciales del ser humano? ¿Qué tiene de nuevo la represión violenta del derecho a pensar, crear, escribir, cantar, actuar sin mordaza?

Ese es el programa que Petro y sus alguaciles le tienen reservados a los intelectuales, escritores y artistas de Colombia.

Petro, ex orientador de Hugo Chávez, es un castrista de lo más resobado y recalcitrante que tiene el país.

Si por desgracia Petro se encarama al poder mediante artificios y corruptelas, aplicará el programa que Fidel Castro dictó y aplicó a los intelectuales de Cuba. Sera un “cambio radical”, cierto, pero no será un cambio que eleve la condición humana.

“En el seno de la revolución, todo; contra la revolución, nada”. Con esa frase, pronunciada en junio de 1961, en un salón de la Biblioteca Nacional de La Habana, Castro comenzó a imponer su férula sobre los intelectuales y escritores de la isla.
Los castristas presentan esa fórmula como una invención genial de su líder. En realidad, él solo había adaptado la terrible frase de Saint-Just “Pas de liberté pour les ennemis de la liberté” (No hay libertad para los enemigos de la libertad).

Saint-Just fue uno de los más fanáticos miembros del Comité de Salud Pública, el gobierno de excepción dirigido por Robespierre. Con éste, Saint-Just instauró el Terror para “salvar la revolución”. Hizo votar la “ley de los sospechosos” que permitía arrestar a toda persona que aunque no hubiese hecho nada contra la revolución no había hecho nada por ella. Su proclama favorita era: “Lo que constituye una República es la destrucción total de quien se opone”. Saint-Just terminó siendo víctima de su propia ferocidad: bajo la guillotina, como Robespierre, el “incorruptible”, entre tantos otros.

En julio de 1968, Fidel Castro reiteró su línea de todo pero nada ante un grupo de escritores, artistas e intelectuales. En 1971, la represión de la vida cultural en la isla se descaró aún más. Los ataques contra los escritores supuestamente “contrarrevolucionarios” fueron más visibles. Desde 1965, muchos artistas, sobre todo si eran homosexuales, católicos, testigos de Jehová y adeptos de cultos afro-cubanos, fueron considerados como “desviados” y “elementos antisociales” y enviados a las siniestras unidades militares de la UMAP, de “reeducación” mediante el trabajo forzado. De esa atrocidad testimonia un filme de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, realizado en 1984, en el exilio, e intitulado Mala Conducta.

La frase aquella favoreció a Castro al comienzo: muchos, sobre todo en las izquierdas europeas, creyeron que la libertad de creación artística era protegida por el nuevo hombre fuerte de la isla. Grave error. Esa frase es de esencia totalitaria. Ella elimina el pluralismo, la libertad de expresión, el derecho a tener opiniones diferentes y disidentes sin ser castigado por eso. Fue la exacta repetición de lo que habían impuesto los bolcheviques en Rusia, bajo las directivas exterminadoras de Lenin quien ordenó, desde 1918, arrasar con los líderes e intelectuales de los otros partidos, comenzando por los mencheviques, los liberales, los monarquistas, etc.
Los sobresaltos de la cultura durante la revolución socialista es un tema capital.

Sobre eso deberían meditar las dos actrices en vías de “mamertizacion”, Margarita Rosa de Francisco y Cristina Geithner. Examinen ese tema. Lean al respecto. Verán que a miles de personajes como ellas, luminarias de un día o de unos años, los comunistas las usaron a fondo hasta que no les sirvieron más.

¿En Colombia Petro será diferente? ¿Será el hidalgo caballero que protegerá las artes y las libertades? Tonterías. Ese no es su talante.

La frase de Fidel Castro tuvo, en los años siguientes, consecuencias graves: degeneró en ley del régimen dictatorial. En octubre de 1968, un congreso de escritores y artistas votó una resolución absurda. Afirman allí, entre otras cosas, que “el escritor debe contribuir con su obra al desarrollo de la revolución”, que “la literatura es una arma de combate”, etc. Meses después, el ejército cubano lanzó un concurso para determinar quiénes eran los “buenos escritores”. Después, Fidel Castro acabó con los derechos de autor y con el derecho a publicar. Los mejores escritores se encontraron de la noche a la mañana sin que ningún editor publicara sus textos. Eso duró hasta 1976.

Con esa política, resumida en la frase aquella, Fidel Castro terminó encarcelando, en marzo de 1971, al destacado poeta Heberto Padilla y a su esposa, la poetisa Belkis Cuza Malé. Ella fue liberada poco después, pero su marido salió abrumado y enfermo 37 días más tarde. “Era la sombra de él mismo, pero nunca quiso contar en detalle lo que había sufrido durante todo el periodo pasado en las mazmorras de la seguridad del Estado”, detalló el escritor Jacobo Machover (1). Su “autocrítica”, donde se da golpes de pecho y elogia a la policía política castrista, generó críticas contra la dictadura cubana en los cinco continentes.

Las amenazas y la represión cayeron también sobre otros escritores: Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima, Severo Sarduy, José Lorenzo Fuentes. El dramaturgo Antón Arrufat fue detenido. Hasta De la Osa, director de la revista Bohemia, fue arrestado y obligado a firmar una humillante “autocrítica”.

Heberto Padilla, ex corresponsal en Moscú de Prensa Latina, tras la publicación de su libro de poemas Fuera del Juego, había sido acusado de “ambigüedad” y de “actitudes antihistóricas”. José Lorenzo Fuentes fue acusado de tener “contactos” con un diplomático mexicano “pagado por la CIA”. Heberto Padilla no pudo escribir más. El único trabajo posible para él fue traducir obras extranjeras. Eso duró hasta 1981, solo porque Gabriel García Márquez le pidió a su amigo Fidel, como un favor personal, que lo dejara salir de Cuba. Padilla murió en 2000 en Estados Unidos.

El periodista Humberto Medrano, subdirector de Prensa Libre, tuvo que asilarse en la embajada de Panamá, en mayo de 1960, para escapar a la cárcel por haber criticado los abusos del nuevo poder, los fusilamientos y el saqueo de la prensa no castrista. Refugiado en Miami, fue uno de los fundadores y colaboradores de Radio Martí hasta su muerte en 2012.

La música de Cuba, que dio al mundo tantas y tan maravillosos canciones, compositores y vocalistas, está postrada a causa del control ideológico de textos y de intérpretes, sin que la “nueva trova” logre alcanzar los niveles de ingenio y perfección de sus predecesores. Nadie olvida por qué tuvieron que huir de la isla las grandes cantantes Celia Cruz y Olga Guillot. Compay Segundo, fue sacado del anonimato, ya viejo, por el cineasta Wim Wenders y el guitarrista americano Ry Cooper.

La Habana, por décadas de abandono deliberado del régimen, ha sufrido la vasta degradación de sus distritos populares, literalmente en ruinas, donde la población sobrevive en condiciones de extrema pobreza.

Esas son algunas de las proezas de la política del castrismo hacia los periodistas, escritores y artistas. Esa línea sigue siendo aplicada allá y en Venezuela. El garrote contra la inteligencia, contra los poetas, escritores, dramaturgos, pintores, músicos y urbanistas existe en todos los países comunistas.

¿Esos son el “cambio radical” y los valores “nuevos” que entusiasman a Margarita Rosa de Francisco y a Cristina Geithner? Abran bien los ojos queridas señoras, antes de comprometerse en extrañas aventuras y de terminar insultando y traicionando la memoria de los artistas e intelectuales víctimas del castrismo.

(1).- Jacobo Machover, Cuba, totalitarisme tropical, Editions Buchet/Chastel, Paris, 2004.

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