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El progreso está a la deriva. El progresismo no durará mucho

Por: Driss Ghali *

El campo progresista está perdiendo terreno cada vez más. La ceguera y el silencio ante los males franceses han durado demasiado. Los errores actuales de la ideología dominante podrían arrojar cada día nuevos “progresistas arrepentidos” a los bandos opuestos, ¡si la derecha deja de encerrarse sobre sí misma!

Francia nunca ha sido tan rica. Sin embargo, el malestar está ahí, palpable en todas partes, para quien abra los ojos. Los chinos y los rusos nos miran con horror al percibir nuestra angustia e impotencia. Ya no dudan en señalar las contradicciones de la ideología que nos domina. El mundo ya no comparte las utopías francesas: el proyecto de una sociedad multicultural y de una civilización de minorías no hace soñar a nadie más allá de nuestras fronteras. ¿Y si estuviéramos ante el primer gran revés de la izquierda, ese sistema de pensamiento que ha gobernado la Francia durante treinta años sin interrupción?

El verdadero enemigo de los progresistas no es el populismo de derecha, ¡es el viejo mundo que tarda en derrumbarse!

Érase una vez la izquierda

Para empezar, vamos a definir la izquierda. Digamos, para ir rápido, que es el campo de los progresistas, es decir, de todos aquellos que se sienten perfectamente cómodos en el tiempo que vivimos. Aman el cambio que sea y aplauden la transformación acelerada de la demografía, de la lengua francesa, de los paisajes, de los gustos y de los sabores. La única mutación que les parece problemática es el cambio climático.

Todo lo que es puramente francés les parece sospechoso. Es la fiesta de la “actualización” perpetua. Según ellos, lo viejo debe dar paso a lo nuevo, que es mejor, en esencia, y por lo tanto deseable. El único legado que les parece favorable es el que puede ser monetizado como una atracción turística (Versalles) o “exportado” al extranjero bajo la forma de una franquicia (el Louvre en Abu Dhabi, por ejemplo). Ellos ya no tienen una relación apasionada con Francia.

Los progresistas combaten todo lo que sigue en pie en la civilización francesa

La izquierda dirige un solo e idéntico combate desde hace 150 años: la descristianización de la sociedad francesa y la destrucción de la moral burguesa. El éxito ha sido devastador. La voz de la Iglesia ya no llega lejos. Insultar el hecho católico y profanar sus lugares de culto no genera reacción o casi. La burguesía, por su parte, abrazó la filosofía libertaria: ya no es el partido del orden y se deleita en la laxitud penal. Esta es la primera vez que los que poseen aceptan o incluso promueven una filosofía penal que aplaca el castigo y dificulta el mantenimiento del orden. ¡Qué contraste con la burguesía descrita por Balzac y Hugo!

Más que la extrema derecha, los progresistas luchan contra todo lo que aún existe en la civilización francesa. La única batalla que les importa es la liquidación del patrimonio común y todos los que se oponen a eso son tratados como reaccionarios, machistas, racistas y homófobos. No son los llamados herederos del fascismo los que inquietan a los progresistas, es la resistencia de las tradiciones y de la identidad nacional. El enemigo real no es el populismo de derecha, es el viejo mundo, el que colapsa lentamente.

Los progresistas “arrepentidos” son cada vez más numerosos

Ese proyecto ya no necesita del pueblo cuya sabiduría última es su parsimonia afincada en sus territorios y formas de vida. Yo mismo, progresista arrepentido, recuerdo con cuánto desprecio consideraba el apego de mis amigos de provincia a su “terruño” y su total indiferencia hacia mi vocación como “ciudadano del mundo”. La vida me enseñó a respetar en el hombre y en la mujer su capacidad para cuidar dónde nacieron y dónde amaron por primera vez.

La causa del pueblo es un obstáculo que evitan por todos los medios, incluso los más pérfidos. Qué insultos pronuncian cada día contra el “beauf”, ese enemigo fabricado para ridiculizar a las clases populares. Peor aún, liberan al delincuente sobre el proletario, como una nube de langostas que cae sobre un prado verde para saquearlo y desfigurarlo.

La destrucción del pasado

Dicho esto, las máscaras aún no han caído porque el progresismo es oficialmente amistoso. Él es la paz y el amor. Él es la morfina que anestesia las personas sin curarlas, porque lo que importa es la huida  hacia adelante, llegar al punto de no retorno para anunciar, con cara afligida: “Francia ha cambiado, debemos resignarnos, si no, será la guerra civil.”

El progresismo representa la simbiosis entre la vocación paternalista y moralista de la burguesía (de toda la burguesía del mundo, al final) y las técnicas de la subversión comunista. La mano derecha distribuye las recomendaciones (“consume orgánico y ofrece la otra mejilla”) mientras que la mano izquierda corta la lengua de quienes se atreven a cuestionar el curso natural de la historia.

No hay nada que esperar de los progresistas: no cambiarán de rumbo porque están destruyendo el tablero con bates de béisbol. Ellos declararon la guerra a todo lo que todavía está en pie y no son capaces de parar la gran máquina que destruye el pasado. Se ven obligados a alimentar el monstruo que crearon y que necesita su dosis diaria de burla, odio de sí mismo y de ingenuidad.

¡Apaguen las luces!

La Razón y la Inteligencia están ahora en la línea de mira de los progresistas. Después de derrotar a la Iglesia y convertir a la burguesía, atacan los cerebros. ¿Qué es la escritura inclusiva? ¿No es una granada de fragmentación lanzada a la cara de la lengua francesa? Esta herencia que nos envidia el mundo entero está siendo ultrajada por aquellos que aspiran definitivamente a liquidar cien o doscientos años de esfuerzos de alfabetización. Pronto ya no podremos leer los poemas de Ronsard o los versos de Lamartine. Cortarán el vínculo con el pasado y los franceses se convertirán en enanos, caídos de los hombros del gigante que fue la gran civilización legada por sus ancestros (parafraseando la famosa máxima atribuida a Pascal).

Las palabras ya no quieren decir nada. La Diversidad ahora se limita a los colores, ya no se trata de opiniones, ya no es sinónimo de pluralidad. La Libertad ha sido vaciada de significado porque pensar por uno mismo puede ser costoso en estos días, es mejor delegar el libre albedrío a líderes de opinión que nos dicen qué pensar y especialmente qué no pensar.  La Fraternidad es destruida, día tras día, por el retorno de la cuestión de la raza porque es necesario celebrar la diferencia cueste lo que cueste. Y, de repente, terminamos diciendo “blanco”, “negro”, “racializado”, etc. Finalmente, la Igualdad se ve socavada por el multiculturalismo, que debe degradar la mayoría silenciosa para crear las condiciones del “orgullo” de unos pocos afortunados.

La ceguera y el silencio francés

Si las palabras son atacadas, entonces toda la inteligencia puede colapsar. Ello puede ser hecho a través del lenguaje. Privar la lengua de palabras es cortarle el oxígeno.

Las señales de advertencia no faltan. ¡Nunca hemos sido tan ignorantes de la naturaleza humana! ¡Nunca hemos sido tan incapaces de entender a los demás! ¡Nunca hemos sido tan ingenuos! Cien años después de Freud y quinientos años después de Maquiavelo, ¡estamos completamente indefensos ante el retroceso del ser humano!

Cuando algunos adultos en el mejor momento de sus vidas se lanzan al mar, conscientes de los riesgos que corren, los progresistas ven migrantes, es decir, niños, niños grandes que no pueden ejercer su libre albedrío. Cuando un violador ataca a mujeres o incluso a niñas, ven problemas de comunicación interpersonal y de control emocional. Cuando un delincuente humilla a sabiendas a las fuerzas de seguridad que vienen a detenerlo y amenaza con represalias a las víctimas traumatizadas, evocamos una infancia difícil y nos negamos a ver el resurgimiento de la naturaleza humana implacable. Hemos olvidado que somos seres jerárquicos, apasionados por el estatus y la distinción. El violador, el delincuente, el mafioso o el marido violento buscan imponer su superioridad sobre las personas que viven en lo que consideran su territorio. Eso es tan viejo como el mundo, los griegos lo sabían, los romanos también, no nosotros. Hemos inventado la antropología y la sociología, pero somos incapaces de ver las evidencias más obvias…

Redescubrir el sentido común

Los progresistas tienen razón cuando abrazan el cambio. Es necesario porque la Humanidad nunca ha sido tan numerosa y tan interconectada. Somos la primera generación en vivir más allá de cualquier dolor físico, hay suficiente como para sentirnos “muy fuertes”. Un matrimonio puede durar, en teoría, cincuenta años o más en un país donde la esperanza de vida supera los setenta años: es normal que las costumbres evolucionen, que la noción de fidelidad se entienda de manera diferente. Pero no debemos perder nuestra inteligencia ni nuestro espíritu guerrero. Y este es el gran reproche que debemos hacer a los progresistas que están transformando la Francia y la Europa Occidental en una alegoría de ingenuidad, candor y negación.

La refundación de la derecha debe tener en cuenta la salvaguardia de los progresistas de buena voluntad que no quieren ser acusados por las generaciones futuras de haber liquidado la Francia. La derecha debe ser plural. En lugar de someterse a los progresistas, como lo ha hecho desde la década de 1980, debería apostar por todos los progresistas que aún valoran el sentido común.

* Driss Ghali es escritor. Licenciado en ciencias políticas, acaba de publicar Mon père, le Maroc et moi  en Éditions de l’Artilleur, París.

Revue Causeur, Paris
https://www.causeur.fr/progres-progressisme-gauche-france-162821
Traducido del francés por Eduardo Mackenzie

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