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El Mónaco, un símbolo de dolor demolido

MEDELLIN. El edificio Mónaco es historia.

En poco más de tres segundos se vino al suelo parte de la historia de Medellín, esa historia que, quienes la sobrevivimos,  nos negamos a recordar y aún más a hablar de ella por el dolor y por el miedo que sentimos de solo rememorar. El recuerdo de los amigos con los que no nos tomaremos una cerveza de nuevo, el dolor por los padres que no llegaron a casa porque fueron sacrificados, la angustia de no tener un techo porque una bomba derribó nuestras casas y la de los vecinos, la impotencia al ver cómo mataban a la gente que amamos solo por estar en una plaza de toros o en una taberna deliciosamente escondida en la Loma de los Benedictinos.

El miedo que nos acariciaba como si fuera aire acondicionado mientras trabajamos al frente de nuestras màquinas de escribir, al frente de nuestros micrófonos, al frente de nuestras cámaras, porque después de besar y abrazar a los nuestros, salíamos a la calle, sin saber si podríamos besar y abrazar a los nuestros de nuevo, porque sentimos tantas veces que teníamos una diana pintada en la espalda para que a aquellos que tenían el dedo eléctrico se les hiciera el trabajo más fácil y le agradecieran al la Virgencita por ayudarles a cumplir con el camello que se les habían encomendado.

Y muchos no llegaron a casa por el camello bien cumplido.

La incertidumbre  de verte al espejo mientras te vestías con el uniforme que soñaste lucir, porque desde pequeño te disfrazabas así y cuando salías a la calle tenías que tener tu arma de dotación lista para disparar porque a alguien se le ocurrió que tu cabeza valía dos millones. La desazón de ver a tus compañeros con plata en el bolsillo y con lujos y prebendas que sabías muy bien quien se las patrocinada y para qué. Y lo peor es que a ellos, a tus compañeros corruptos, esos que te miraban con desconfianza, no les pasaba nada. Y hasta lograban ascensos en la institución.

Y aún decíamos que orgullosamente éramos de Medellín. Con esa misma altivez defendimos  a nuestra tierra, a nuestro valle abrazado por montañas. Decíamos en voz alta en cualquier parte de nuestra tierra y fuera de ella que éramos de Medellin. Sobrevivimos a las balaceras inesperadas, a las bombas cercanas, a las amenazas para que no hablaramos, a los señalamientos del extranjero que no tenía ni puta idea por lo que estábamos sufriendo, a las señas del dedo índice haciendo un pase invisible en sus muy anglosajonas y consumidoras narices cuando se mencionaba el nombre de nuestra ciudad, de nuestra casa.

A ellos, los que murieron en carros bomba, a los que las balas silenciaron su trabajo dedicado por hacernos la vida mas tranquila, a los que nos contaban qué estaba pasando y no pudieron seguir haciéndolo, a quienes estuvieron en posiciones de poder y quisieron cambiar las cosas para bien y no los dejaron, a quienes representaban la esperanza de un país que estaba secuestrado por el terror que generó un genio del mal, a ellos los extrañamos y los honramos recordándolos cada vez que podamos para que no mueran por segunda vez por causa de nuestro propio olvido.

Por ellos y por los que quedamos de esa época, el edificio Monaco es historia.

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