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miércoles, agosto 10, 2022
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«Dios le da pan al que no tiene dientes»

Por Claudia Posada

Cuando se toca en distintos espacios, en particular en los escenarios que dan oportunidad a los candidatos presidenciales, y en general al oír posiciones que parecieran ser expresión sentida bien intencionada, el asunto –extremadamente  delicado-  “Hambruna en Colombia”, al referirse a lo que podría tocarnos en el contexto mundial de la escases de fertilizantes, nos asaltan profundos temores. En este sentido, Portafolio -del periódico El Tiempo– nos conecta con el tema en una entrevista a principios de este mes (mayo 2022) titulado ¿Hay riesgo de desabastecimiento de fertilizantes en Colombia? Al leerlo, entre satisfecha, intranquila, medio irritada y muy decepcionada me pregunto (No es la primera vez que me hago la misma pregunta respecto a diversos asuntos) ¿Qué diablos hacen un montón de políticos gozando de privilegios en distintas ramas de los poderes públicos, al margen de realidades colombianas a las que no les prestan atención como es su deber? ¡Su obligación, más bien!

Además, y para el caso específico al que hoy quisimos acercarnos, ésta es la inquietud que nos asalta ¿Cómo es posible que entre algunos análisis interesantes,  los mediocres y los insulsos -por iniciativa de entrevistadores o desde los candidatos mismos a la presidencia de Colombia-  no surja, con toda la preponderancia que exige el momento, la cuestión interna de lo que tenemos en producción de fertilizantes, el potencial alimentario de Colombia y la inmensidad de hectáreas en manos de comunidades (aparte de las acumuladas por terratenientes) esperando que otros trabajen por ellos, o protestando porque el gobierno no les suministra todo como el maná que cae del cielo ?

Volviendo a la entrevista de Portafolio, en sus primeros párrafos hablan de cómo, por la guerra en Ucrania, se han encarecido los precios de insumos, pero justamente nosotros no entramos en ese tan preocupante cálculo; en Colombia se garantiza nuestro suministro, divulgado gracias al «Viaje al interior de una planta en Colombia».

«A primera vista, la enorme montaña de urea da la impresión de ser el pico del Monte Everest. Blanca, muy blanca como la nieve. Sin embargo, el calor de Santa Marta a las 11:30 a.m. me devuelve a la realidad, lejos de la frontera entre China y Nepal. (…) Estoy en el centro de la bodega de la planta de fertilizantes de Acepalma, de 15.000 metros cuadrados, que tiene la capacidad de producir unas 300.000 toneladas de nutrientes agrícolas al año. Junto a mí camina María Emma Núñez Calvo, gerente general de Acepalma, quien explica que desde esta planta se despachó el 7% de fertilizantes del mercado nacional en 2021». Asumamos entonces que otros cubren el resto de la demanda y que seguramente son muchos más los empresarios colombianos en la industria de los fertilizantes. ¿Acaso no lo saben candidatos, legisladores, gobierno, ministros…?

«En nuestra charla, mientras me explica cómo opera la fábrica, desmiente que haya riesgo de desabastecimiento de fertilizantes en la agricultura colombiana, un rumor que empezó a crecer como una bola de nieve por los temores sobre la guerra entre Ucrania y Rusia, dos de los más grandes proveedores de insumos de la industria, sumado a problemas de transporte por la crisis logística. Sin embargo, pese a que estos hechos sí son una realidad latente, en ningún momento se ha dejado de producir fertilizantes en Colombia…»  Por nuestra parte seguimos leyendo y buscando otras fuentes, y es así cómo volvemos a formularnos inquietudes. Si una  de «las claves del impacto en este negocio es que la empresa hace fórmulas personalizadas de fertilizantes, que responden a las necesidades de los productores colombianos, en un país con suelos y climas muy variados» ¿Por qué utilizar el discurso “en favor del campo colombiano y por los campesinos” que hemos oído desde que nos conocemos, para un electorado en donde estamos un montón de ingenuos e ignorantes, en vez de posibilitar la tecnificación en la agricultura, potenciar la producción nuestra con incentivos de toda índole dirigidos a subir el nivel de vida de los tragadores del campo, lo que podría inclusive estimular a las actuales generaciones, y proporcionar riqueza a partir de las potencialidades que nos dan nuestros suelos? 

Algo de lo tanteado en esta columna le he oído al actual Secretario de Agricultura de Antioquia, Rodolfo Correa (él goza de trayectoria interesante en la academia, antes de meterse a la política). Creo que en cambio aquellos politiqueros de toda la vida nos echan cuentos que nos tragamos enteritos y por eso la culpa de tanto atraso la tenemos todos. Su cuota de culpabilidad la hay en la dirigencia, ciudadanos, políticos, mandatarios locales y nacionales, burócratas, falsos líderes, en fin; por nuestra parte como ciudadanos del común nos quejamos, pero seguimos en la ignorancia, dejamos que a las posturas excepcionales en la clase política -las realmente buenas-  les pongan talanqueras, los atajen los otros, esos politiqueros vivos que no nos quieren educados. A las familias del campo les regalan de cuando en cuando unos bulticos de abono, semillas, algunas herramientas, y el Día del Campesino un pollo asado. Ah, pero en campaña la misma carreta (la del habla y la del campo). Su crecimiento en lo social y económico no les conviene a los de las clases dominantes.

Por otra parte, tanto falso líder es simplemente un aprovechado que pretende (y lo logra) adueñarse de privilegios que no le corresponden porque son posibilidades para los colectivos; “líderes” los hay como los que generan revueltas para que sus comunidades sigan obligando a que el maná les caiga, y se mezclan con gritos desesperados que sí deben ser oídos. Los verdaderos liderazgos en cualquier escenario social, regional, debe fomentar y orientar el trabajo de explotación tecnificada en las tierras que tienen algunos por derecho propio, ellos también tienen su culpa y nosotros por compadecerlos. 

¿Por qué los niños se mueren de desnutrición en donde las familias tienen tanta tierra? Si acaso son tierras improductivas -a diferencia de las que no trabajan comunidades en otras subregiones fértiles- volvemos a las preguntas que agobian a los ciudadanos del común, pero que en cambio  no alteran la cómoda rutina de  los dueños del poder y las decisiones: ¿Cómo mover la esencia de ciertas culturas para convertirla en progreso?

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