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De cortesanas, geishas y lambones

Por: Mauricio Liévano

La lambonería es el principio de todas las angustias y  los colombianos somos especialistas – aunque no los únicos-  en el tema, porque entendemos que la adulación y la lisonja, la coba y el halago, el servilismo y la sumisión, hacen parte del camino a eso que llamamos éxito.

Y es que algo va de la zalamería al reconocimiento de las virtudes de los demás . Sin embargo, como en todo,  los colombianos nos movemos por los extremos: o bien  no somos capaces de verle nada bueno a los demás o bien nos encanta arrodillarnos para seguir nuestra ruta de ser y parecer.

Ser lambón es una forma de entender la vida que se ejerce de abajo hacia arriba porque parte de la inseguridad, la vacilación, la duda, el titubeo y el auto convencimiento de  ser menos que los otros, desde la inferioridad moral pero también desde la hipocresía, porque una condición del floreo exagerado es hablar mal por detrás de las personas que son sujetos de  sus halagos. En resumen, un sobachaquetas y un lame suelas  es un  farsante en potencia. La lambonería también es prima hermana de la lagartería, porque un lagarto es un oportunista que acude a los halagos para hacerse conocer, para lograr sus objetivos, para  hacerse invitar y para mostrarse junto a alguien.

Un lambón tiene mucho de las antiguas cortesanas, que según la RAE es una persona que sirve obsequiosamente a un superior, pero también que ejerce la prostitución, especialmente si lo hace de manera elegante o distinguida, lo que en ultimas es lo mismo. Una figura masculina comparable a la cortesana fue el italiano cicisbeo, lo que los franceses denominaron chevalier sirviente, el español cortejo o estrechoy el italiano cortesta o la cortesana honesta y la cortigiana di lume , una clase más baja de cortesana. Parecida, pero distinta, está la figura de la geisha, una artista tradicional japonesa cuyas labores consisten en entretener en fiestas, reuniones o banquetes a hombres o a mujeres y que de alguna manera significa algún grado de sumisión.

Sin embargo, hay pésimas noticias, porque los lambones tienen mal final,ya que tarde que temprano, la persona objeto de su melosería se cansa, porque el melindre, como las panelitas de leche, aburre después de la segunda. Así, luego de aceptar  sus halagos por un tiempo, termina por ponerlo en su sitio, por reducirlo a sus justas proporciones, por  abrirlo de su parche. Si bien en un principio le hace creer que son iguales, que comparten ideas y posiciones, que son amigos, la verdad es que lo ve como una ficha más que mueve a su antojo, como un chicle que apenas se le acaba el dulcecito, se bota en las esquinas. El lambón no paga preaviso, lo despiden sin justa causa, sin indicios que le digan que lo van a sacar y sin indemnización.Cuando eso pasa, el lambón saca su traje de rabón y de la adulación pasa al insulto y la diatriba, a la mofa y al agravio y lo que ayer eran elogios y glorificaciones se evapora y se transforma en ofensa e improperio.

Un lambón tampoco se redime porque esa es una enfermedad crónica como la tacañería y la “malparidez”. El lambón nace y no se hace, sino que se perfecciona. No sabe de estratos, ni de edades, ni de razas ni de géneros y aunque el talento nacional abunda, afuera también hay competencia.

No sobra ser enfático en decir que todo lambón termina solo y triste, abandonado a su suerte, porque a los que ayer sobó chaqueta, hoy ni siquiera voltearán para escupirlo…

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