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Colombia: la inhibición de los gobernantes ante a la subversión marxista

Por Denis Mikolajczak

Desde su creación en 1919 por Lenin y sus bolcheviques, la empresa mundial de subversión marxista multiforme, denominada “Tercera Internacional”, sembró el estupor entre muchos de los observadores humanistas, liberales y “progresistas” que adherían a la ideología de la “Ilustración” del siglo XVIII.

El escritor de expresión francesa y origen español Michel Del Castillo, en su ensayo “Le Temps de Franco” (París, Ediciones Fayard, 2008, p.64), escribió: “Toda la Europa liberal, saturada de humanismo, educada por Rousseau en la convicción de que sólo la ignorancia y la miseria engendran el crimen, toda esa Europa se estrelló contra el enigma maléfico [subrayado por el autor de este artículo] […] Pero el comunismo es revolucionario y se muestra como la culminación de la Revolución de 1789. Desde entonces, el pensamiento progresista fluctúa, resiste. No sabe cómo aprehender ese objeto caído de un cielo desconocido.”

Algunos argumentarán que los gobiernos de centro izquierda o incluso de izquierda resistieron efectivamente al terrorismo marxista en Venezuela en la década de 1960, en Italia y Alemania Occidental en la década de 1970, en Francia y en España en la década de 1970 y 1980, al mismo tiempo que lograron mantener, con las inevitables fallas prácticas, el marco constitucional e institucional del Estado de derecho en esos países.

Los mismos agregarán que el apoyo logístico, financiero y armado que recibieron esos sembradores de terror rojo de las policías de los regímenes socialistas de Europa central y oriental hasta 1989 desaparecieron al mismo tiempo que esos regímenes.

Pero cuando consideramos la complicidad y la complacencia que algunos círculos literarios y políticos franceses mostraron durante tanto tiempo hacia, por ejemplo, el asesino marxista Cesare Battisti, recientemente extraditado a Italia para que pague finalmente por sus crímenes, observamos que una siniestra fascinación “progresista” y globalista persiste ante el totalitarismo neo-marxista y paraliza todavía a algunos gobernantes frente a la subversión multifacética, y hasta terrorista, desplegada por ese totalitarismo.

Es el caso de las actuales autoridades colombianas que, desde el 29 de agosto, se niegan a admitir que Iván Márquez, Santrich y otros líderes de las FARC, del ELN, y de varios grupos narco-marxistas, han reanudado abiertamente sus ataques armados contra el Estado y el pueblo de su país.

Esa negación de la realidad tiene dos tipos de motivos: el primero está vinculado a una situación local y coyuntural. El segundo es propio de una situación general y es, por desgracia, más durable.
La situación local y coyuntural es obra de los dos últimos presidentes colombianos, incluido el actual presidente Iván Duque, que quiere mantener la ficción de que el liderazgo de las FARC, ahora al frente de un partido político designado por el mismo acrónimo, no tendría ningún interés real en reanudar o incluso respaldar la reanudación de la lucha armada contra el Estado y el pueblo de Colombia.

Ese análisis descuida el hecho de que el régimen marxista chavista de la vecina Venezuela tiene todo el interés en aumentar la desestabilización de Colombia, país que se ha opuesto abiertamente a la continuación del presidente Maduro en el poder y ha acogido a muchos de sus oponentes, declarados o discretos. Ese análisis también descuida el hecho de que el régimen marxista sandinista de Nicaragua tiene el mismo interés que la dictadura venezolana en la desestabilización de Colombia y que el padrino marxista castrista de Cuba juega en el tablero del juego diplomático, constitucional y legal y en el tablero de la guerra política e incluso armada contra las autoridades “contrarrevolucionarias y pro-imperialistas” de Colombia.

Si el presidente Duque se niega todavía a tener en cuenta la situación de guerra entre la subversión marxista y el Estado colombiano, no es solo por fatiga ante las consecuencias previsibles de la continuación de una guerra civil de medio siglo: es también por razones de orden ideológico relacionadas con la situación no solo particular de Colombia sino, por desgracia, durable y común a muchos países del mundo “libre”.

En efecto, el actual gobierno colombiano promueve públicamente el programa y las actividades de las Open Society Foundations de George Soros, quien dice seguir los preceptos de Karl Raimund Popper (1902-1994) y de su otra “La sociedad abierta y sus enemigos”, publicada por primera vez en inglés en1945 y traducida ampliamente a varios idiomas desde entonces.

Si bien Popper denunciaba el régimen bolchevique como el prototipo casi perfecto de una “sociedad cerrada” y cuestionaba la ideología marxista de Lenin como fundamentalmente liberticida y criminal, él le atribuía al mismo tiempo a Karl Marx haber aspirado a la libertad y haber contribuido a la emancipación humanista de las sociedades, hasta el punto de presentarlo como un agente de apertura de esas sociedades.
Es cierto que en una conferencia de demócratas de varios países celebrada en Bruselas el 7 de enero de 1848, Marx se había declarado a favor del libre-cambio internacional, pero por el efecto “disolvente” y desestabilizador que éste generaba en las economías locales, lo que, según él, revolucionaría las sociedades que aplicaban el libre-cambio.

Del mismo modo, Marx había reiterado el papel inicialmente “progresista” e incluso “revolucionario” de la burguesía, de la que él y Engels provenían, contra las castas guerreras, feudales y clericales.

El principal tema de las tesis popperianas, y de la red de “fundaciones de la sociedad abierta” y de las Ongs relacionadas a éstas, consiste en preocuparse sobre todo por la “inclusión”, de sus enemigos mortales, marxistas y mahometanos, al querer hacer de esos sectores unos co-constructores de las “sociedades abiertas”, como fue el caso, según ellos, durante las “transiciones democráticas” en Grecia, Portugal y España entre 1975 y 1983.
Los partidarios y los incautos que caen ante los espejismos popperianos y sorosianos difícilmente conciben la existencia y el daño duradero que hacen los personajes comprometidos desde su juventud en la destrucción violenta de las llamadas sociedades “abiertas” en las que crecieron en medio de un cierto confort material y un buen nivel de educación e instrucción, como fue el caso de Marx y Engels y hasta el de Ernesto Guevara, quien se convirtió en “el Che”, y el de Illitch Ramírez Sánchez, más conocido como “el chacal” y “Carlos”.

Por eso los adeptos y promotores de las tesis sorosianas, como los dos últimos presidentes colombianos, Santos y Duque, no pueden considerar la subversión marxista y el terror que emana de ella como “un monstruo obsceno y ambiguo, venido de una estrella que jamás se enfrió” (“Partie de chasse” de Enki Bilal y Pierre Christin, París, primera edición Dargaud, 1983).

Por lo tanto, cuando esos sorosianos se encuentran ante el deber de tomar medidas para evitar una situación insurreccional provocada por la subversión marxista, no las toman o retrasan su aplicación, con la esperanza de que los revolucionarios marxistas profesionales se convertirán en tribunos de la plebe, en parlamentarios y finalmente en políticos clásicos.
Este tipo de ilusión se paga generalmente caro y con intereses.

*Especial para Colombian News
**Traducido por E. Mackenzie

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